El Primer Queso de Carlos Delfino

Una vez más la profesora Esther Ramírez desaprobó al joven Carlos Delfino del examen de Historia Antigua y Medieval. Ya era la tercera vez que ocurría lo mismo. Era obvio que a Carlitos no le importaba demasiado saber quien fue Aristóteles o Julio César, o como eran las culturas egipcias o griegas. Lo suyo era el básquet, donde se destacaba como el mejor jugador de la Universidad de la Unión Tatengue. No era para menos: medía dos metros y calzaba cincuenta. Condiciones para el Básquet le sobraban, tanto que su nivel ya era demasiado superior para las competencias estudiantiles. Su destino debían ser las ligas profesionales.
Pero aunque la historia de los tiempos antiguos y medievales no es algo fundamental ni importante para jugar al básquet, sí era requisito de la Universidad de la Unión Tatengue que para promover a un jugador a las ligas profesionales, debía tener todos los examenes aprobados. Carlos Delfino no tenía el suyo, y esto era un inconveniente. Podría pedir una mesa de examen en una semana y se la otorgarían. Pero la misma la iba a presidir la señora Esther Ramírez, que parecía empeñada en no aprobar a Carlitos. Siempre haciendo las mismas preguntas, una y otra vez.
·       Por favor, señor Delfino, hágame una descripción de las clases sociales y del sistema de gobierno de Esparta.
·       A ver, señor Delfino, digame un breve resumen de las crisis que padeció la República Romana antes de la llegada de Augusto.
·       Ya veo, señor Delfino, que de Esparta y de Roma, no sabe gran cosa. Probemos ahora con algo de la edad media. Hablame de la dinastía Carolingia. Usted lo debería saber muy bien, pues se llama Carlos, como el fundador de esa estirpe.

Carlitos se acordaba de las preguntas una y otra vez. La última vez su examen no había sido brillante, pero sí bastante aceptable, dos de los tres integrantes de la mesa, el profesor Pablo Prigioni y la profesora Juana Espil lo hubieran aprobado. Pero la señora Esther Ramírez se negó rotundamente. Y un nuevo examen no tenía sentido, pues Ramírez iba a estar otra vez al frente de la mesa.
Carlitos empezó a mirarse al espejo, un espejo bien grande, puesto bien arriba, pues como dijimos anteriormente, Carlitos mide dos metros, y comenzó a pensar.
-         Hay una manera. Es drástica y lamentable, pero hay una forma de terminar con todo esto. A mí la chance de jugar en las ligas profesionales del baloncesto no me la va a quitar nadie, ni Ramírez ni nadie. Debo hacerlo, al fin y al cabo, es solo un Queso. Será difícil porque lo voy a hacer por primera vez, pero debo actuar con frialdad, es solo un Queso. Debo aceptar mi destino, por algo me llamo Carlos. Me convertiré en Queson, como Carlos Bossio o Carlos Ignacio Fernández Lobbe, no tengo opción. Ellos no me dieron la opción.
Carlos se vistió de negro, con un disfraz similar al de la película Scream, se puso guantes negros en las manos y tomó un enorme cuchillo de cocina, el más grande que podamos imaginar. Pasó por la Quesería, se metió por detrás, y sin que nadie lo viera, robó una enorme horma de Queso Gruyere.
Rato después entró al departamento de la profesora, ubicado en una de esas casas nuevas que la gobernación construyó cerca de la Laguna. Sabía que la profesora no tardaría en llegar, aunque estaba dispuesto a esperar todo lo que fuese necesario.
No pasó mucho tiempo, cuando la profesora Ramírez llegó a su casa. Entró en la misma, y mientras estaba acomodando su ropa en el living, sintió la sensación de que la estaban espiando, de que alguien la estaba mirando. Se dio vuelta, y se dirigió al pasillo, no vio a nadie. Volvió, y mientras agarraba un whisky, pensó:
-         Ma sí, son imaginaciones mías, no hay nadie. Quizás deba dejar la bebida, pero hoy no, me voy a tomar un whisky.
En ese instante, como salido de la nada, Carlitos la atacó por detrás y le pusó el cuchillo sobre el pecho, a continuación y con una enorme frialdad y determinación, sin dudarlo siquiera, comenzó a apuñarla en forma salvaje, una y otra vez. Fueron decenas y decenas de cuchillazos. La mujer ya estaba muerta, totalmente ensangrentada, y Carlos seguía apuñalandola. Finalmente, Carlos Delfino tomó el Queso y lo tiró sobre el cadáver de su víctima, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Carlitos abandonó el lugar. Al día siguiente la noticia de la muerte causó una gran conmoción en toda la ciudad. A Carlitos mucho no le preocupó, aunque sintió cierta tensión cuando lo llamaron de la dirección de la Universidad. El doctor Malvicino, rector de la misma, lo recibió en persona y le dijo:
-         Por supuesto que la muerte, trágica muerte, de la señora profesora Esther Ramírez es un hecho lamentable. Parece que fue víctima de un asesino serial que se dedica a tirarle Quesos a su víctima. En la Capital y en la Costa ya hubo varios casos. Pero, bueno señor Delfino, usted ahora no tendrá problemas en acceder a un nuevo examen. Le haremos un par de preguntas fáciles sobre los dioses de la antigua Grecia y Roma, con eso alcanzará. Estudié este papel – y le dio un papel – repaselo bien y entonces, el examen lo aprobará y podrá pasar a las Ligas Profesionales del Baloncesto. Por eso lo he llamado. ¿No le parece una buena ocasión para brindar?

La Prostituta y el Queson

Era una fría noche de junio en Buenos Aires, en el hemisferio sur. Gladys, una joven prostituta, recorría las calles de Constitución a la búsqueda de algún cliente. Un hombre muy alto, vestido en forma elegante, pero totalmente de negro, incluyendo unos guantes con los que se cubría las manos, se acercaba hacia ella. A la prostituta no le llamó la atención la gran altura de su potencial cliente, pero sí el enorme par de zapatos que llevaba puesto. Gladys pensó que debería calzar un cincuenta, nunca había visto a alguien con pies tan grandes.

-         ¿Cuánto cobrás? – le dijo el cliente una vez que se hubo acercado frente a ella.
-         No sé, decime como te llamas, y te diré cuanto cobro – fue la respuesta de Gladys, en un claro intento de mostrarse simpática ante su cliente.
-         Carlos – contestó el joven que tendría unos veintitantos años – Carlos Bossio. ¿Porqué cobrás tarifas diferentes de acuerdo a como nos llamemos?
-         Sí, Carlos – contestó la prostituta – ustedes los Carlos son los mejores en la cama, por eso les cobró, dígamos cincuenta, te parece bien.
-         ¿Y adonde lo haríamos?
-         En esa casa de departamentos, nadie nos verá entrar ni salir, te lo aseguró, discreción total.
-         Sí así fuera, no te pago cincuenta, te pago cien.
Y así fue que la prostituta llevó a Carlos Bossio al departamento. El joven entró una valija al departamento. La prostituta al ver cuanto Carlos cuidaba sus pertenencias, le dijo:
-         ¿Llevas dinero ahí, Carlos?
-         No, ojala fuera eso. Sí te muestro lo que tengo aca adentro vas a quedarte más que sorprendida. No lo imaginás nunca.
-         ¿Qué es eso, Carlos?
-         Esto – y Carlos sacó un enorme Queso Gruyere de la valija.
-         ¿Y para que querés ese Queso?
-         Soy maestro Quesero, voy a presentar este Queso en el Concurso Mundial de Quesos que se celebra en estos días en la ciudad. Pero dejemos de hablar de esto, que no es lo que vinimos a hacer. Vine hasta aca para tener sexo, no para hablar de Quesos.
Carlos Bossio se desnudó casi totalmente, casi, porque mantuvo los guantes negros en sus manos, algo que a la prostituta le llamó mucho la atención, pero prefirió no preguntarle nada al respecto, en cambio, sí le dijo:
-         ¿Cuánto calzas, Carlos?
-         Cincuenta.
-         Tenés unos pies enormes.
-         ¿Los querés oler? – preguntó Bossio – Dale, anímate.
La prostituta nada contestó, pero apenas unos segundos después, el enorme pie derecho talle cincuenta de Carlos estaba sobre su rostro. El olor a Queso era impresionante, intenso, la prostituta no podía resistirlo, pero Bossio la obligó a olerle también el olor del pie izquierdo. La prostituta soportó estoica la prueba, al fin y al cabo, siempre accedía a las peticiones de sus clientes, y no le diría que no a este, que parecía iba a pagarle muy bien.
-         Veo que te divertistes mucho con este juego – le dijo Carlos – pero ahora tengo preparado uno mucho mejor.
-         ¿Cuál?
A continuación Carlos tomó el Queso y se lo tiró encima a la prostituta, cuando esta intentó reaccionar, vio de repente a Carlos frente a ella, portando un gigantesco cuchillo. Ya no pudo hacerse nada, Carlos la apuñaló salvajemente una y otra vez, hasta totalizar más de sesenta o setenta cuchillazos. Cuando hubo terminado, limpió el cuchillo sobre las sabanas, tomó otra vez el Queso, y lo volvió a tirar sobre su víctima, diciendo en voz alta:
-         Queso.

Minutos después, abandonó el lugar. Como la prostituta le había advertido, nadie lo vio salir de esa casa de departamentos. La discreción era total. 


Historias de Carlos Bossio (El Queson)
Carlos Bossio (El Queson) Asesino Serial de Mujeres
La Primera Noche del Queson
La Prostituta y el Queson
La Sangrienta Ducha del Queson
El Crimen Queson del Ascensor
Carlos Bossio (Album de Fotos)
Fin de Semana Largo de un Asesino Serial
El Asesino tiene olor a Queso
El Asesino de Belen Francese

La Víctima Número Cien de Carlos Bossio

Como Carlos Delfino decapitó a Alejandra Maglietti

Manu Ginobili le dijo a Carlos Delfino:
-         Ya le cortaste la cabeza a Valeria Mazza, Julieta Prandi, Silvina Luna, Zaira Nara, Leticia Bredice y Yanina Latorre, a todas las decapitaste con una espada samurai y le tiraste un Queso, ¿Ahora quien será la próxima?
Carlos Delfino se sobresaltó, ¿Cómo? ¿Manu Ginobili lo había descubierto? De repente Carlos se dio cuenta que todo era un sueño, o mejor dicho, que Ginobili le decía eso, era un sueño, porque lo otro, que había asesinado a esas mujeres, que les había cortado la cabeza y que les había tirado un Queso, era todo verdad.
Y fue entonces en ese momento, ya totalmente despierto, y mientras estaba desayunando, que Carlos Delfino, el basquetbolista asesino, empezó a preguntarse:
-         ¿Quién será la próxima?
Todo el día se hizo la misma pregunta, pero esa tarde concurrió a una presentación relacionada con indumentaria de básquet en un hotel. Ahí le presentaron a una chica rubia, con acento provinciano, tipo formoseño o misionero, le dijeron que se llamaba Alejandra Maglietti.
Entonces en ese momento Carlos pensó:
-         Esta mina es una idiota. Le voy a cortar la cabeza. Le voy a tirar un Queso. Esta será la próxima.
Rato después, en una de las habitaciones de los pisos superiores, se encontraba Alejandra Maglietti. De repente, Carlos Delfino, vestido de negro, con una espada samurai y un gigantesco Queso Gruyere, entró a la misma.
-         ¡Hola Carlos! – dijo sorprendida Maglietti – ¿Qué haces aca?
-         Vine a asesinarte – fue la respuesta de Carlos.
Carlos levantó la espada samurai y de un solo corte, preciso y contundente, le cortó la cabeza a Alejandra Maglietti. Así de simple. Luego le tiró el Queso y al terminar de hacerlo dijo en voz alta:
-         Queso.
El basquetbolista abandonó el lugar en forma impune. Rato después, descubrieron el cadáver de Maglietti. La conmoción fue muy grande, pero Carlos Delfino, como siempre, no tuvo problemas en continuar en libertad. Por la noche se hizo la misma pregunta que por la mañana:

La sangrienta ducha del Queson

Un caluroso día de inicios de primavera llegó a su fin. Se trataba de una jornada con una temperatura muy elevada para el mes de septiembre. En un lugar como Buenos Aires, una auténtica ciudad de la furia, la temperatura se sentía aún más fuerte. Quizás por eso, Norma Pérez, ni bien abandonó el negocio de deportes donde trabajaba en un centro comercial del Conurbano, ya tenía pensado darse una ducha ni bien llegara a su casa.
Era curioso pero no podía olvidarse de un cliente que había atendido aquel día. Era un hombre joven, muy alto, bien vestido. El muchacho se había acercado a la chica y le preguntó:
-         Buenas tardes, ando buscando zapatillas para mí…
Norma observó las zapatillas del joven y le llamó la atención el tamaño de los pies, debería calzar como cincuenta o algo así. La chica, entonces, le preguntó:
-         Discúlpeme, señor…
-         Carlos – le dijo el cliente – Me llamo Carlos. Carlos Bossio.
-         Discúlpeme, señor Carlos, pero, ¿Cuánto calza?
-         Cincuenta. Tengo pies muy grandes – y Carlos le señaló sus dos enormes pies.
-         Para su talle tengo tres pares de aquel modelo – la chica se los señaló – cual quiere, ¿El azul, el rojo o el negro?
-         El negro, corresponden a mi estilo.
La chica le trajó el par de zapatillas y Carlos se las probó. Mientras lo hacía, el joven despedía un fuerte e intenso olor a Queso de sus pies. Norma debió disimular aunque por momentos creyó no aguantar más.
-         Me las llevó – dijo por fin Carlos.
-         Muy bien, ¿Las paga en efectivo o con tarjeta?
-         En efectivo – y entonces Carlos sacó de su billetera el dinero y agregó en forma seductora – recuerda mi nombre, Carlos Bossio, sos una excelente vendedora, ya nos volveremos a ver. Carlos Bossio, no lo olvides.
Mientras regresaba a su casa, en el ómnibus, la chica recordaba una y otra vez a aquel cliente. Por fin llegó a su departamento, y tal como lo tenía pensado, se desvistió y se metió debajo de la ducha. Cuando se estaba duchando, de repente, una enorme figura entró al baño. A Norma le pareció que un hombre muy alto y patón, estaba dentro del baño, y muy asustada, aterrorizada, corrió la cortina. Frente a ella estaba Carlos Bossio, el cliente de aquel día, vestido totalmente de negro, y sosteniendo con dos enormes guantes de aquel color, un gigantesco cuchillo.

-         Buenas tardes – le dijo Carlos y con el cuchillo en mano, se tiró sobre la chica.

La apuñaló al mejor estilo Psicosis. No cabe duda que Carlos había visto en varias ocasiones aquella famosa escena del recordado fin de Hitchcock. Le dio como treinta o cuarenta cuchillazos, cuando por fin hubo terminado, Carlos tomó un Queso y lo tiró sobre su víctima. Era un Queso Gruyere.
-         Queso – dijo en voz alta.

Un día despues, Carlos Bossio, el asesino, veía todas las noticias de la vendedora apuñalada bajo la ducha a la cual le habían tirado un Queso. Mientras lo hacía, comía un Queso, lo que más le gustaba en este mundo, después de asesinar, por supuesto.



Historias de Carlos Bossio (El Queson)
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La Víctima Número Cien de Carlos Bossio

El crimen Queson en el ascensor

El almanaque ya indicaba que el mes de noviembre había pasado la mitad. El tiempo en que en Buenos Aires muchos ya empiezan a pensar en el verano y en las vacaciones. No era el caso de la abogada Monica Radebe, demasiado preocupada en sus casos judiciales. De todas formas, en enero hay feria judicial, o sea que algún tiempo importante para tener vacaciones tendría a su disposición.
Parecía ser un día cualquiera del mes de noviembre, la abogada cerró su estudio jurídico, y se dispuso a esperar el ascensor. Ya casi no quedaba nadie en aquel edificio de oficinas del centro. Quizás por eso le llamó mucho atención que del departamento de al lado, el que estuvo desocupado durante varios meses, salió un hombre muy alto, y patón, muy bien vestido. No era lo que se dice bien parecido, pero la presencia que tenía le daba cierto atractivo a aquel joven. La abogada lo miró sorprendida.
-         Buenas noches. ¿Usted es la doctora Mónica Radebe, verdad? – preguntó el joven.
-         Sí, usted…
-         Discúlpeme que no me había presentado – dijo el joven – soy su nuevo vecino. Carlos Bossio. Quedese tranquila, no soy abogado, no le quitaré ningún cliente. Me dedicó al comercio exterior y desde esta semana ocupo la oficina al lado de la suya.
-         Mucho gusto, señor Bossio – le dijo entonces la abogada – ¿Y qué clase de comercio exterior?
-         Importo y exporto Quesos – fue la respuesta de Carlos Bossio – ah, miré, el ascensor ya está aquí.
Bossio y Radebe entraron al ascensor. Pero de repente, apenas comenzó a andar, el ascensor se detuvo. Claro, Mónica no se había dado cuenta, que Carlos lo había parado con su mano izquierda.
-         ¿Porqué se detuvo el ascensor? – dijo con cierto susto la abogada.
-         No se preocupe, doctora, es solo un asesinato, yo soy el asesino y usted la víctima – y a continuación Carlos sacó un enorme cuchillo de entre sus pertenencias.
Carlos se tiró sobre la mujer, que aunque intentó resistir, nada pudo hacer ante la furia de su agresor, que la apuñaló una y otra vez. Fueron como sesenta cuchillazos. Para cometer este crimen, Carlos se había inspirado en la película “Vestida para matar”, solo que a diferencia del asesino de aquel film, empleó un cuchillo, no una navaja, y no se vistió de mujer. Cuando terminó, Carlos sacó un Queso Gruyere de su valija, y lo tiró sobre su víctima.
-         Queso – dijo en voz alta.
Entonces abandonó el ascensor y se retiró del lugar hacia arriba. En la terraza, pasó al edificio de al lado, que era un concurrido club, y pudo mimetizarse entre las decenas de personas que había en el lugar practicando deportes. No tuvo problemas en abandonar el lugar, era uno más en cientos.
Días después, los medios daban cuenta de un nuevo asesinato, Carlos entonces envío una enorme horma de Queso Gruyere a un exitosa cadena de televisión, con el siguiente mensaje:

“Los crímenes continuarán. Este fue solo el comienzo. Carlos, el Queson”.

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La Víctima Número Cien de Carlos Bossio

El Rugbier Asesino, los Quesos y los Puñales de Kandahar

El excéntrico millonario Rupert O’Hara llevó a cabo una gran fiesta para más de cien selectos invitados. Entre los invitados estaban todos los integrantes de Los Pumas (1), pues O’ Hara era un gran admirador del rugby.

La fiesta, que iba a durar dos o tres días, servía al millonario para inaugurar su nueva mansión. La propiedad había sido un hotel con numerosas habitaciones que según se decía, en tiempos de la posguerra, había albergado a numerosos nazis. Incluso se comentaba que el propio Hitler habría vivido oculto allí.
Pero esa es otra historia que no nos ocupa a nosotros. Al millonario le hicieron muchos regalos, entre ellos un par de gigantescos puñales hindúes conocidos como los “puñales de Kandahar”. Eran dos enormes puñales de treinta y cinco centímetros que según se decía había pertenecido a los maharajás de la India durante siglos.
A uno de los invitados, un famoso astrologo conocido como Tungel, los puñales no le gustaron nada, y comentó a los invitados:
-         Debés tener mucho cuidado Rupert, con esos puñales, se dicen muchas cosas. Muchos sostienen que estan malditos, a su dueño nunca le ocurrirá nada, o sea que tu no tienes nada que temer, pero según se comenta, en sus propiedades suelen ocurrir crímenes terribles cometidos con esos puñales. Las víctimas han sido todas mujeres, nunca un hombre.
-         Pamplinas, Tungel – dijo el millonario – son solo leyendas.
-         Solo leyendas, sí tienes razón, son solo leyendas – dijo Tungel, como tratándole de no darle importancia a lo que el mismo había dicho minutos antes.
Lo cierto es que la fiesta prosiguió hasta muy entradas las horas de la noche. Muchos de los invitados se retiraron a sus habitaciones. Uno de ellos, el rugbier Carlos Ignacio Fernández Lobbe, mientras lo hacía, se paró a contemplar el puñal y pensó para sí:
-         Entonces que la leyenda sea verdad. Soy un asesino serial, un Queson, y me gustaría cometer un crimen esta noche. Utilizará esos puñales. Dos de las invitadas será asesinadas.
Rato después, cuando todos los invitados estaban durmiendo, el rugbier Carlos Ignacio Fernández Lobbe, vestido con el equipo de Los Pumas y con dos enormes guantes negros que le cubrían la mano, pasó por el salón principal y tomó los dos puñales de Kandahar. Luego pasó por la mesa de los Quesos y tomó un enorme Queso Gruyere. Se colocó los puñales en la cintura y sostuvo con sus manos el Queso. El rugbier se dirigió a los cuartos donde estaban las mujeres.
-         ¿A cual asesinaré? Bueno, que sea algo azaroso. Entraré en aquel cuarto, a ver quien esta.
Carlos Ignacio Fernández Lobbe abrió entonces la puerta de la habitación 471 y vio que en la misma estaba durmiendo la modelo, actriz y conductora Pamela David.
-         Vaya, vaya, es Pamela David, siempre quise asesinarla – pensó Carlos Ignacio Fernández Lobbe – he tenido suerte, esta mina merece ser asesinada por mí.
El rugbier entonces se tiró sobre la cama. Ante el movimiento, Pamela David se despertó, y vio entonces a Carlos Ignacio Fernández Lobbe encima  de ella. La chica intentó defenderse, pero la fuerza del rugbier pudo más, y le hundió el puñal en el corazón. Cuando terminó, el rugbier le tiró el Queso y dijo en voz alta:
-         Queso.
Abandonó entonces la habitación, le dejó el puñal clavado a su víctima, y totalmente despreocupado fue otra vez al salón a buscar otro Queso. Tomó el Queso y se dirigió a otra de las habitaciones, por azar entró a una de ellas. Vio acostada a Daniela Cardone.
-         Vaya, vaya, es Pamela David, siempre quise asesinarla – pensó Carlos Ignacio Fernández Lobbe – he tenido aún mas suerte, esta mina merece ser asesinada por mí y que le tiré un Queso.
El rugbier entonces se tiró sobre la cama. Ante el movimiento, Daniela Cardone se despertó, y vio entonces a Carlos Ignacio Fernández Lobbe encima de ella. Cardone intentó defenderse aún más que Pamela David, pero tuvo que ceder ante la fuerza del rugbier, que le hundió el puñal en el corazón. Cuando terminó, el rugbier le tiró el Queso y dijo en voz alta:
-         Queso.
Al día siguiente, la conmoción fue total cuando se descubrió que Pamela David y Daniela Cardone habían sido asesinadas de una puñalada en el corazón efectuada con el famoso Puñal de Kandahar. El adivino Tungel manifestó:
-         La profecía se cumplió.
La policía rápidamente intervino y ordenó que ninguno de los invitados abandonara la mansión. Los jugadores de rugbiers eran todos sospechosos.
-         Es un escándalo para mí – dijo el millonario – ya me cuestionaban porque decían que Hitler había vivido aca, imagínense ahora con dos mujeres muertas. ¿Ha llegado a alguna conclusión?
-         Por ahora, nada – dijo el Inspector Pufrock – tenemos cosas sueltas que no sirven para nada. De lo que no tengo dudas es que el asesino es uno de los rugbiers o quizás ese adivino, Tungel, el insistió con lo de la profecía.
-         Sea como sea esto es escandaloso.
-         Le advierto que usted tambien es sospechoso.
-         Hay que hacer algo.
-         Vamos a esperar que el fiscal Mallorie intervenga.
Media hora después, el fiscal Mallorie, intervino, este le dijo a Pufrock y al millonario:
-         Aunque no tengamos pruebas, se quien es el asesino. Es Carlos Ignacio Fernández Lobbe, siempre que ese jugador de rugby anda cerca, aparece una mina asesinada con un Queso sobre su cadáver. Es un Queson.
-         ¿Lo arrestamos entonces? – dijo Pufrock – en ese caso cerramos todo y listo. En cuanto a usted, señor O’Hara, es dueño de los multimedios más importantes del país. Su propia prensa se encargará de olvidar el caso.
-         No es tan fácil – dijo O’Hara – pero ¿Está seguro que Nacho Lobbe es el asesino? Pueder ser cualquiera de los demás, Gonzalo Longo, Lucas Ostiglia, Juan Hernández, Santiago Pelan, Patricio Albacete, Miguel Avramovic…
-         No hay dudas que es Fernández Lobbe. Las cámaras que usted puso lo corroboran – señalo el fiscal.
-         Bueno, arréstenlo entonces – dijo O’Hara.
-         No – dijo el fiscal – si me da un millón de dolares podemos simular que estas dos minas murieron en un accidente de auto, que no las apuñalaron ni les tiraron un Queso, usted se salva de todo el escandalo…
-         … y un asesino seguirá suelto, matando mujeres y tirandole Quesos – dijo O’Hara – No, sí Carlos Ignacio Fernández Lobbe es un asesino, que lo pague.
-         No es tan sencillo – dijo Pufrock – con un buen abogado saldrá impune del asunto y el escándalo para usted será mayor. Escuche al fiscal – Lógicamente Pufrock quería que se hiciera el arreglo, pues una parte importante le iba a tocar.
-         Bueno, señor O’ Hara, lo que podemos hacer es lo siguiente, no simulemos accidentes, no, no, pero sí les haremos creer a los periodistas que estan dos mujeres fueron asesinadas en alguna taberna cerca de aca, pero no aca, ¿Me entiende?
-         Eso me gusta más, necesitamos que sean asesinatos, esas noticias venden muy bien, entonces, le parece bien un millón de dolares, para mí es un vuelto.
-         Un millón doscientos cincuenta mil. Hay que repartirle algo a los forenses – añadio Pufrock – que se divulgue que les han tirado un Queso, eso es sensacionalismo, con lo que van a vender sus publicaciones, recuperará la mayor parte del dinero en poco tiempo.
Así cerraron el acuerdo, y el rugbier Carlos Ignacio Fernández Lobbe, un asesino Queson, quedo nuevamente impune. Incluso participó en numerosos programas y entrevistas de los multimedios de O’Hara hablando del asesinato. La editorial de O’Hara publicó los libros de Tungel y las leyendas de Kandahar, obteniendo un resonante éxito. Lo mismo que los crímenes conocidos como los “Asesinatos Quesones”.

Carlos el "Bebe" Contepomi, sicario y Queson

Una corta tarde de pleno invierno llegaba a su fin. Era un día de temperaturas muy bajas, y no daban ganas de salir para nada a la calle. Además, el pronostico anticipó la posibilidad de fuertes nevadas para aquella noche. Por eso, la abogada Julieta Caporale, finalizaba su jornada en el estudio jurídico. Antes de irse, iba a tomar una copa de whisky. Una buena bebida destilada era ideal para soportar aquel crudo invierno. Había terminado de beber una copa, y cuando ya estaba sirviéndose la segunda, sonó el timbre del estudio.

-         Qué extraño – pensó la doctora Caporale – ya no pensaba recibir más a nadie.
La abogada se acercó a la puerta y preguntó quien era.
-         Carlos José Contepomi, alias el “Bebe” – fue la respuesta que recibió.
Bueno, Contepomi era uno de sus principales clientes, por lo tanto, la abogada no tuvo problemas en abrir la puerta, y atenderlo. Igual, no dejaba de sorprenderla, que el Bebe, como todos lo conocían, llegará a esa hora.
-         Hola Bebe – dijo la abogada mientras abría la puerta – no te esperaba a esta hora.
-         Hola Julieta – le contestó Contepomi – disculpame la hora pero es algo muy urgente. No puedo esperar a mañana.
Contepomi entró al estudio, y una vez que la abogada cerró la puerta, y se acercó al escritorio, preguntó:
-         Decime Bebe, sí es algo tan grave, ¿De qué se trata?
-         Es un caso de asesinato, Julieta, por eso te digo que no puedo esperar hasta mañana.
-         ¿Asesinato? – la abogada preguntó evidenciando un gran nerviosismo – pero decime qué paso, el asesinato de quien, a quien mataron?.
-         A vos – fue la respuesta que recibió del Bebe Contepomi.
Y mientras decía esto, sacó una pistola ametralladora del tipo Ingram Mac 10, con silenciador, y comenzó a abrir fuego sobre la abogada. Efectuó una gran cantidad de disparos y cuando hubo terminado, el Bebe sacó un enorme Queso de una gran valija que tenía, y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Rato después, el Bebe Contepomi, efectuó un llamado telefonico y comunicó con voz seca y cortante:
-         Misión cumplida.

Carlos el “Bebe” Contepomi, famoso Queson al servicio de la mafia, había cometido un nuevo asesinato.

Marca T por Tevez / Marca C por Carlitos / Marca A por Asesinato (Dial T for Tevez / Dial C for Carlitos / Dial M for Murder)

Hacía ya un año y algunos meses que Ana se encontraba sumergida en una profunda depresión. No era para menos, en apenas cuatro meses, habían muerto su marido y su hermana. Su esposo, Juan, falleció trágicamente en un accidente de auto y dejó viuda a Ana con treinta cinco años y cinco hijos. En cuanto a Lorena, su hermana, su muerte había sido aún más trágica, pues la habían asesinado con más de cuarenta puñaladas. El crimen había quedado impune y de acuerdo a las investigaciones policiales, todo indicaba que el autor era un asesino serial de identidad desconocida. A este asesino los medios de comunicación lo habían bautizado como el “Queson” porque a cada una de sus víctimas les arrojaba un Queso. Ya sumaba una enorme cantidad de mujeres asesinadas pero los crímenes seguían impunes.

Ana tenía una muy buena situación económica, pues su esposo era millonario, por lo que nada le faltaba a sus hijos. Sin embargo, a pesar del bienestar económico, a Ana le sobraban las preocupaciones, pues debía ocuparse de cosas que no entendía en lo más mínimo. Por momentos hubiera preferido ser una pobre viuda, de esas que viven con los subsidios del estado, y deben trabajar de mucamas o enfermeras.

Después de mucho tiempo, Ana parecía dar signos de recuperación de la depresión en la que estaba sumida y aquella noche iba a asistir a una fiesta, por primera vez desde la muerte de su esposo. Ana se vistió en forma elegante y esperaba a Felicitas, su fiel amiga.

Quizás por estar ocupada en el baño, en la parte superior de la casa, no escuchó que alguien había entrado a la casa. No había forzado la puerta, sino que tenía una copia de la llave, era un hombre de estatura más baja que media, vestido de negro, con guantes negros. El hombre ingresó al cuarto donde se hallaba el telefono y espero. Se dio cuenta que ambos telefonos estaban allí, el fijo, y el celular, cuya batería se estaba cargando.

Ana se encontraba ya vestida cuando bajó al piso inferior para agarrar el telefono celular. La mujer retiró el cargador del celular del telefono cuando este sonó. Ana lo atendió preguntando quien era. Pero no halló respuesta alguna del otro lado.

De repente, detrás de ella, la mujer notó que un hombre la agarraba del cuello y comenzaba a estrangular con una cuerda muy gruesa. La mujer empezó a luchar contra su agresor, que avanzaba en la tarea del estrangulamiento.

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Mientras trataba de defenderse, Ana tomó unas tijeras que se hallaban sobre la mesa, y se las clavó a su agresor. El hombre cayó profundamente herido y no tardó en morir desangrado. La mujer quedó víctima de un ataque de nervios y empezó a gritar en forma desesperada.

En ese momento, llegó a la casa, Felicitas, la fiel amiga de Ana, primero le llamó la atención que la puerta estaba abierta, y pudo entrar a la misma, desesperada, pues escuchaba los gritos de su amiga. Al entrar al cuarto, contempló una terrible escena.

De un lado estaba el hombre muerto ensangrentado, del otro lado, tirada en el piso y en un evidente ataque de nervios, estaba Ana, todavía con las tijeras ensangrentadas en su mano. En ese momento, entonces Felicitas llamó a la policía.

Rato después, Ana estaba sedada, el inspector Pufrock le dijo a Felicitas:

  • - No cabe dudas que fue un crimen en defensa propia. El hombre intentó estrangular a su amiga, ella se defendió y le clavó las tijeras.
  • - ¿Lo identificaron?
  • - Sí, llevaba documentos y carnet de conducir. Su nombre era Carlos Tevez. Al parecer era un hampón de baja estofa, le decían “Carlitos” y estuvo preso en algunas ocasiones, por robo a mano armada y al parecer algunas violaciones. Según lo que me dijeron no se le conocían casos de homicidios.
  • - ¿Mi amiga quedará detenida?
  • - Eso lo decidirá el juez. Por lo pronto que consiga un buen abogado. Le tengo que decir algo, es muy importante.
  • - Dígame.
  • - Entre las pertenencias de Carlos Tevez hemos encontrado un Queso. Usted sabe que desde hace un tiempo, un asesino que tira Quesos está matando mujeres, quizás Tevez fuera el “Queson”. La policía y algunos periodistas hemos recibidos notas firmadas por el asesino y el mismo en esas notas se hacía llamar “Carlos”. Carlos igual que Carlos Tevez.
  • - ¿Entonces este Carlitos era el asesino Queson?
  • - Eso lo decidirá la investigación. Puede ser una simple coincidencia. Si tuviéramos que investigar a todos los Carlos sería un absurdo, imaginese vivimos en un país donde está lleno de hombres que se llaman Carlos en todos lados. Recuerdo en mi clase, eramos treinta alumnos, y doce se llamaban Carlos. Hasta ahora el Queson jamás había estrangulado a nadie, por eso quizás Tevez no fuera ese asesino, pero podría ser un imitador. Usted sabe hay asesinos que se aprovechan de ciertas situaciones.
  • - Mi amiga estaba recuperándose de una profunda depresión, imagínense, ahora esto… ¿Porqué querrían asesinarla?
  • - No lo sabemos, quizás un robo, o quizás algo más complejo. Eso lo verá el juez. Por lo pronto aquí hay un homicidio, con una asesina y una víctima. La víctima es Carlos Tevez y su amiga Ana Perez, es la asesina.
  • - Pero ella se defendió, el vino a matarla.
  • - Eso lo determinará la investigación. Usted sabe la legislación que existe sobre los Derechos Humanos, si se aplican algunas leyes su amiga quedará totalmente absuelta y podría no estar presa ni siquiera un minuto, pero sí se aplican otras leyes, hasta podría corresponder cadena perpetua.
  • - ¿Pero que leyes se aplicarán?
  • - Ya se lo dije, señora, consigan un buen abogado. Si el abogado aplica ciertas leyes, su amiga no tendrá problema alguno.

¿Cómo continuará la historia? ¿Porqué Carlos Tevez quería asesinar a esta mujer? ¿Quedará ella detenida, será juzgada o la absolverán por tratarse de un simple caso de defensa propia? ¿Es Ana realmente una asesina o actuó en defensa propia? ¿Era Carlos Tevez el Queson o un simple imitador? ¿Un asesino serial, un asesino a sueldo, o un simple ratero que actuó en forma ocasional?

Marca T por Tevez / Marca C por Carlitos / Marca A por Asesinato (Dial T for Tevez / Dial C for Carlitos / Dial M for Murder)

Hacía ya un año y algunos meses que Ana se encontraba sumergida en una profunda depresión. No era para menos, en apenas cuatro meses, habían muerto su marido y su hermana. Su esposo, Juan, falleció trágicamente en un accidente de auto y dejó viuda a Ana con treinta cinco años y cinco hijos. En cuanto a Lorena, su hermana, su muerte había sido aún más trágica, pues la habían asesinado con más de cuarenta puñaladas. El crimen había quedado impune y de acuerdo a las investigaciones policiales, todo indicaba que el autor era un asesino serial de identidad desconocida. A este asesino los medios de comunicación lo habían bautizado como el “Queson” porque a cada una de sus víctimas les arrojaba un Queso. Ya sumaba una enorme cantidad de mujeres asesinadas pero los crímenes seguían impunes.
Ana tenía una muy buena situación económica, pues su esposo era millonario, por lo que nada le faltaba a sus hijos. Sin embargo, a pesar del bienestar económico, a Ana le sobraban las preocupaciones, pues debía ocuparse de cosas que no entendía en lo más mínimo. Por momentos hubiera preferido ser una pobre viuda, de esas que viven con los subsidios del estado, y deben trabajar de mucamas o enfermeras.
Después de mucho tiempo, Ana parecía dar signos de recuperación de la depresión en la que estaba sumida y aquella noche iba a asistir a una fiesta, por primera vez desde la muerte de su esposo. Ana se vistió en forma elegante y esperaba a Felicitas, su fiel amiga.
Quizás por estar ocupada en el baño, en la parte superior de la casa, no escuchó que alguien había entrado a la casa. No había forzado la puerta, sino que tenía una copia de la llave, era un hombre de estatura más baja que media, vestido de negro, con guantes negros. El hombre ingresó al cuarto donde se hallaba el telefono y espero. Se dio cuenta que ambos telefonos estaban allí, el fijo, y el celular, cuya batería se estaba cargando.
Ana se encontraba ya vestida cuando bajó al piso inferior para agarrar el telefono celular. La mujer retiró el cargador del celular del telefono cuando este sonó. Ana lo atendió preguntando quien era. Pero no halló respuesta alguna del otro lado.
De repente, detrás de ella, la mujer notó que un hombre la agarraba del cuello y comenzaba a estrangular con una cuerda muy gruesa. La mujer empezó a luchar contra su agresor, que avanzaba en la tarea del estrangulamiento.

Mientras trataba de defenderse, Ana tomó unas tijeras que se hallaban sobre la mesa, y se las clavó a su agresor. El hombre cayó profundamente herido y no tardó en morir desangrado. La mujer quedó víctima de un ataque de nervios y empezó a gritar en forma desesperada.

En ese momento, llegó a la casa, Felicitas, la fiel amiga de Ana, primero le llamó la atención que la puerta estaba abierta, y pudo entrar a la misma, desesperada, pues escuchaba los gritos de su amiga. Al entrar al cuarto, contempló una terrible escena.
De un lado estaba el hombre muerto ensangrentado, del otro lado, tirada en el piso y en un evidente ataque de nervios, estaba Ana, todavía con las tijeras ensangrentadas en su mano. En ese momento, entonces Felicitas llamó a la policía.
Rato después, Ana estaba sedada, el inspector Pufrock le dijo a Felicitas:
-         No cabe dudas que fue un crimen en defensa propia. El hombre intentó estrangular a su amiga, ella se defendió y le clavó las tijeras.
-         ¿Lo identificaron?
-         Sí, llevaba documentos y carnet de conducir. Su nombre era Carlos Tevez. Al parecer era un hampón de baja estofa, le decían “Carlitos” y estuvo preso en algunas ocasiones, por robo a mano armada y al parecer algunas violaciones. Según lo que me dijeron no se le conocían casos de homicidios.
-         ¿Mi amiga quedará detenida?
-         Eso lo decidirá el juez. Por lo pronto que consiga un buen abogado. Le tengo que decir algo, es muy importante.
-         Dígame.
-         Entre las pertenencias de Carlos Tevez hemos encontrado un Queso. Usted sabe que desde hace un tiempo, un asesino que tira Quesos está matando mujeres, quizás Tevez fuera el “Queson”. La policía y algunos periodistas hemos recibidos notas firmadas por el asesino y el mismo en esas notas se hacía llamar “Carlos”. Carlos igual que Carlos Tevez.
-         ¿Entonces este Carlitos era el asesino Queson?
-         Eso lo decidirá la investigación. Puede ser una simple coincidencia. Si tuviéramos que investigar a todos los Carlos sería un absurdo, imaginese vivimos en un país donde está lleno de hombres que se llaman Carlos en todos lados. Recuerdo en mi clase, eramos treinta alumnos, y doce se llamaban Carlos. Hasta ahora el Queson jamás había estrangulado a nadie, por eso quizás Tevez no fuera ese asesino, pero podría ser un imitador. Usted sabe hay asesinos que se aprovechan de ciertas situaciones.
-         Mi amiga estaba recuperándose de una profunda depresión, imagínense, ahora esto… ¿Porqué querrían asesinarla?
-         No lo sabemos, quizás un robo, o quizás algo más complejo. Eso lo verá el juez.  Por lo pronto aquí hay un homicidio, con una asesina y una víctima. La víctima es Carlos Tevez y su amiga Ana Perez, es la asesina.
-         Pero ella se defendió, el vino a matarla.
-         Eso lo determinará la investigación. Usted sabe la legislación que existe sobre los Derechos Humanos, si se aplican algunas leyes su amiga quedará totalmente absuelta y podría no estar presa ni siquiera un minuto, pero sí se aplican otras leyes, hasta podría corresponder cadena perpetua.
-         ¿Pero que leyes se aplicarán?
-         Ya se lo dije, señora, consigan un buen abogado. Si el abogado aplica ciertas leyes, su amiga no tendrá problema alguno.
¿Cómo continuará la historia? ¿Porqué Carlos Tevez quería asesinar a esta mujer? ¿Quedará ella detenida, será juzgada o la absolverán por tratarse de un simple caso de defensa propia? ¿Es Ana realmente una asesina o actuó en defensa propia? ¿Era Carlos Tevez el Queson o un simple imitador? ¿Un asesino serial, un asesino a sueldo, o un simple ratero que actuó en forma ocasional?

Relatos Quesones (los Carlos asesinos)

La palabra QUESON parece ser uno de los aumentativos de QUESO (junto a QUESOTE y QUESAZO) y por lo tanto creemos que se trataría de un QUESO grande, un QUESO de enormes y gigantescas proporciones.
Pero un QUESON es un integrante de una extraña organización secreta, una suerte de logia. Quienes la integran son asesinos de mujeres que se caracterizan por arrojarle un QUESO a cada una de sus víctimas.
No cualquier hombre puede ser QUESON, solo los que se llaman CARLOS, calzan un n° 44 para arriba, comen mucho QUESO y tienen olor a QUESO en los pies.
La logia se habría originado en tiempos muy antiguos y llego hasta nuestros días. Al parecer, según cuentan muchas leyendas, ya en tiempos antiguos, algunos pueblos bárbaros, practicaban un extraño ritual que consistía en asesinar (o ejecutar) mujeres por razones religiosas o judiciales, y tirarles un QUESO. Solo los hombres que se llamaban KARL (equivalente de CARLOS) podían cometer esos asesinatos (o ejecuciones).
El ritual se dividía en tres pasos: primero, la víctima debía olerle, chuparle, besarle y lamerle los pies a su asesino; segundo, el asesino cometía el asesinato; tercero, con la víctima ya muerta, el asesino (o sea el QUESON) arrojaba un QUESO sobre el cadáver de su víctima, y debía decir en voz fuerte la palabra QUESO.
Entre las normas de los códigos que mantienen los QUESONES figuran el hecho de que un QUESON puede asesinar mujeres, lo podrá hacer por placer, sexo, dinero, encargo, los QUESONES son asesinos seriales, múltiples o a sueldo, según la ocasión. Cada QUESON tiene libertad para decidir el arma que utilizará en cada crimen que comete, pero está obligado siempre y en todas las circunstancias a tirar un QUESO a su víctima.
Existe una leyenda de que en una ocasión, una mujer asesinó a un QUESON regalándole un QUESO envenenado. Por ello, si una mujer le regala un QUESO a un QUESON este debe asesinar a la mujer y tirarle el QUESO.
En ese mismo sentido, si un QUESON le regala un QUESO a otro QUESON, el QUESON que recibe el QUESO debe utilizar el QUESO en el próximo crimen que cometa. Si un NO-QUESON le regala un QUESO a un QUESON, el QUESON debe asesinar a alguna mujer de parentesco cercano al NO-QUESON.
Se considera que si un QUESON le regala un QUESO a una mujer, es un anuncio de que la va a asesinar. Si un QUESON le regala un QUESO a un hombre (NO-QUESON) es una señal de que va a asesinar a una mujer de su proximidad (generalmente, la esposa, novia o amante).
Muchos QUESONES obligan a sus víctimas a olerles los pies antes de asesinarlas. Lógicamente esta no es una regla obligatoria, aunque si las circunstancias lo permiten, los QUESONES suelen practicarla.

En la actualidad, la secta de los QUESONES (los CARLOS ASESINOS) trata de mantener viva esa tradición.

Si querés conocer las historias de los QUESONES pincha aquí 

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